Te has preguntado alguna vez: “¿Cómo sería tu vida si desde niño te hubieran enseñado a vivir desde un estado de atención?”.

Ya sabemos que el “estado de atención” es cuando realizamos cualquier tarea de manera concentrada y atenta, dejando que los contenidos de la mente no perturben la actividad en cuestión, es decir, que si estoy dibujando, estoy centrada en el color, en el movimiento de mi brazo, en la textura… y no en pensamientos tipo: “Qué mal me está quedando”, “hoy no estoy inspirada”, etc.

Como decía, es bastante probable que si hubiéramos crecido en un “ambiente atento”, nuestra infancia y, por tanto, nuestra adultez, la viviríamos con mayor serenidad y bienestar, ya que mejorar e incrementar nuestra capacidad de vivir con atención hace que se optimicen también otras habilidades, que nos tratemos mejor a nosotros mismos y a los demás, entre otras muchas cosas.

Como dice Dan Siegel, “ser capaces de reflexionar sobre nuestro propio mundo interior es un elemento básico de las habilidades y del conocimiento que fomenta el bienestar y la vida con sentido. Asentar las bases de la función reflexiva mediante la práctica del Mindfulness, sería una inversión educativa inteligente y duradera en la prevención en materia de bienestar fisiológico, mental y emocional”.

Está comprobado científicamente que los jóvenes que cuentan con habilidades reflexivas y un cerebro ejercitado en la consciencia plena o mindfulness, muestran una mayor flexibilidad ante situaciones nuevas y establecen relaciones interpersonales más satisfactorias, esto refuerza la sensación de bienestar y de flexibilidad a medida que la persona va creciendo.

Te invito a que pares un momento y reflexiones: “¿Hay atención en mi vida o la vivo como si fuera un autómata, sin disfrutar de momentos para mi y sin tiempo y/o ganas de compartir mi tiempo con los que me rodean, ya sean conocidos o desconocidos? ¿Cuál es mi idea de felicidad? ¿Soy feliz? ¿Qué estoy haciendo para equilibrar esto?

Normalmente, la idea de felicidad que manejamos los adultos depende, en mayor o menor medida, de cuestiones como la admiración, la atracción, la preferencia, la evaluación o algún tipo de satisfacción o beneficio implícito. Por lo tanto, está más enfocada al “hacer” que al “ser”. Si, como decíamos antes, hubiéramos crecido en un ambiente atento, tendríamos asumido que la felicidad brota del corazón, más allá de todas estas circunstancias que acabamos de enumerar. Si realmente fuéramos conscientes, viviríamos la felicidad como un estado de consciencia. ¿Qué quiere decir esto? Que sabríamos quiénes somos realmente, ya que viviríamos la experiencia de la vida enraizados con nuestra identidad esencial. Y esto, es algo que tenemos que descubrir conectando interior e incondicionalmente con toda expresión de vida, es algo que trasciende la emoción y el sentimiento, va más allá de ideas preconcebidas sobre nosotros mismos o nuestra existencia.

Cuando te animes a descubrir-te, sabrás cuál es el sentido de tu vida y te conectarás con la belleza que eres y la que te rodea. Como dice Thich Nhat Hanh: “Si no eres consciente, no estás vivo de verdad, pero cuando lo eres, todo cuanto haces se vuelve más brillante, más bello… La práctica de ser consciente consiste en ser feliz y en disfrutar de lo que los momentos de la vida te ofrecen, incluyendo las cosas maravillosas que hay dentro de ti, -los ojos, el corazón, los pulmones-, y fuera de ti, -el sol, las personas, los pájaros, los árboles…-. Al ser consciente, descubrirás que tienes más razones para ser feliz de las que creías.”

Que seas feliz…

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