¿Qué te inspira la palabra “miedo”?

Puede que lo primero que te venga a la mente sea una imagen de algo terrorífico, ya sea la imagen de una escena de una película o de tu propia vida. Ya ves que, a veces, somos bastante dramáticos y apocalípticos. Al hablar de miedo, también nos referimos a todas esas emociones relacionadas con él que, en distinto grado, puede que nos pasen inadvertidas o no acabemos de relacionarlas con el miedo, algunas de ellas son: ansiedad, estrés, agitación, timidez, desazón, inquietud, preocupación, tensión, nervios, obsesión, temor, fobia o pánico.

El miedo es una emoción desagradable que nos conecta con esas heridas profundas que nos acompañan a lo largo de la vida, por eso, generalmente experimentamos una enorme resistencia a acercarnos a él y, sobre todo, a expresarlo. Muchos de nuestros miedos “saltan” o nos asaltan en determinadas situaciones, pueden ser incluso como esa “música suave” que apenas percibimos pero que está ahí de manera continua, esa que evitamos escuchar buscando distracciones y ocupaciones durante todo el día.

En general, los miedos son “capas” que destapan otras emociones, como ya hemos comentado. En la capa más superficial encontramos la ansiedad, que nos contrae ante un futuro incierto y, a veces, temido. Nos conecta con el miedo existencial, lleno de dudas, confusión, obsesiones, miedo a perder el control, miedo a ser invadido o rechazado…

Cuando experimentamos cualquiera de estas emociones, nuestro instinto natural nos invita a que las evitemos. A veces, sin darnos cuenta, reaccionamos huyendo de ellas como sea, a cualquier precio. Esto es lo que se llama “evitación experiencial”, que puede ser una conducta externa o interna. Si siento ansiedad al subir a un avión, me las arreglo para viajar en tren, esto sería una conducta externa. Y, una conducta interna, sería tratar de evitar esos pensamientos que me atemorizan tipo: “si subo a un avión, me muero, es que me ahogo…”, y las emociones que me incomodan como: “esa sensación en el estómago me produce náuseas”. En nuestra realidad, empleamos gran parte de nuestra energía mental en apartar esos contenidos mentales alejados: “no debería pensar eso”, “no quiero sentirme así”, etc. Y, como ya sabemos, nuestras resistencias hacen más fuerte eso que queremos o pretendemos evitar… Es cuando entramos en el famoso “bucle” del que nos es tan difícil salir.

Para ello, la atención plena propone experimentar en vez de evitar. ¿Cómo se hace eso? Permaneciendo con la ansiedad o el miedo, en una actitud de curiosidad e investigación, y de manera amable y generosa, observando qué ocurre cuando es desde la conciencia de que “tú no eres esa ansiedad ni ese miedo”, ya que esas emociones son variables y se modifican. La clave es mirarlas como una oportunidad de aprendizaje y no como algo erróneo; siente tu interés en descubrir qué te quieren decir, de dónde provienen y hacia dónde te llevan.

Resumiendo, se trata de un proceso en tres planos relacionados entre sí:

1. Darnos cuenta de los contenidos mentales internos con la lucidez que nos permita ser conscientes de los impulsos, antes que seamos arrastrados por ellos.
2. Ampliar la visión de nosotros mismos, de los demás y de la vida, y desde esta nueva perspectiva, comprender más profundamente lo que nos pasa y cuáles son las causas.
3. Permitir conscientemente pensamientos, emociones, recuerdos y sensaciones (en vez de bloquearlos) que aparecen en nuestra mente y en nuestro cuerpo.

Gracias por estar ahí.