Dicen por ahí que “la paciencia no es un rasgo de la personalidad, sino una actitud que se puede cultivar”.
Cuando nos lanzamos a la piscina del mindfulness, una de las primeras cosas de las que nos hablan son de una serie de actitudes que hemos de cultivar en nuestro día a día para sentir y vivir ese estado de paz mental, unas capacidades que nos regala la práctica de la atención plena y, una de ellas, es la paciencia.

La paciencia, podemos decir que, es la capacidad de atreverse a vivir la experiencia con calma, especialmente, si esta experiencia es difícil. Requiere que cultivemos la serenidad interior y un cierto grado de bondad y compasión hacia nosotros mismos y hacia la experiencia en sí misma. Quizás has observado que, a menudo, sentimos la necesidad o la exigencia de querer cambiar las cosas en vez de aceptarlas tal y como son, esto es la impaciencia, algo muy común en nuestros días y que la “padecen” a diario niños y adultos.

Digamos que la paciencia no es cargar y aguantar hasta no poder más y explotar. Es más bien el arte de liberarme de cargas emocionales innecesarias para mantener mi estado de paz. Entonces, podemos decir que la paciencia se sostiene en una sabiduría natural: la de reconocer que todo tiene un ciclo vital que es necesario respetar y del que podemos extraer enseñanzas importantes. La paciencia conlleva hacer consciente la tendencia a apresurarnos a cada instante, deseando que llegue el siguiente.

Si esto te resulta familiar, te propongo que enfoques tu atención unos momentos en descubrir que puedes hacer para transformar la impaciencia en paciencia, en calma… A fin de cuentas, la impaciencia te hace vivir en un estado de continuo estrés, ¿te habías dado cuenta?

Para comenzar, puedes reflexionar sobre las cosas, situaciones, personas, palabras, etc. que te hacen sentir ansioso, que te tensionan normalmente, y que acaban por “hacer que pierdas la paciencia”. Sería conveniente que las escribieras. Lo que se escribe, se mira y se lee causa más impacto a la hora de entrar en acción.

El hacer consciente tu impaciencia te da la oportunidad de aprender de ella y transformar todo aquello que has descubierto que no sirve para nada (bueno, sólo para descompensar todo tu sistema: físico, mental y emocional).

Observa cómo está tu cuerpo y tu mente cuando experimentas un momento de impaciencia. ¿Qué piensas en esos instantes? ¿Cómo reacciona tu cuerpo? ¿Y tu respiración? La respiración es una función vital en la que reparamos muy pocas veces y tiene una importancia elevada. La próxima vez que te descubras viviendo en la impaciencia, párate y observa. Observa todo lo mencionado, es decir, tus pensamientos (¿qué te dices?), tu cuerpo (su postura, la tensión), tu respiración (si es entrecortada, si hiperventilas o si estás en apnea).

A continuación, recompón el puzle. Esto significa que el pensamiento estresante que haya aparecido en tu mente puedes transformarlo por otro más productivo y/o tranquilizador, que la torsión y/o tensión que hayas encontrado en tu cuerpo la puedes cambiar por una postura más relajada y, tu respiración, haz que se vuelva consciente, inhala y exhala por la nariz, serenamente, tranquilamente, sin prisa, de forma relajada y… Observa…

A continuación, muévete, date una vuelta, aunque sea por la misma habitación en la que estés, si no tienes otra opción.

En cualquier situación estresante en la que te encuentres, recuerda estas pautas. Al transformar la manera de respirar, el pensamiento y la postura del cuerpo minimizas los efectos del estrés y, si lo conviertes en un hábito, poco a poco, transformarás la impaciencia, el estrés, las emociones “difíciles”, la ansiedad en calma y bienestar… Sólo tienes que transformar tu actitud: pasa del “modo impaciencia” al “modo paciencia”.

Vivir en calma es posible. Descúbrelo.

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