Desde hace días me llega un mensaje claro: observación; por todos lados, así que como decía aquel: “sigue la pista”. Interpretando las señales, me embarco en la aventura. Podría contarte cualquier observación cotidiana, aunque me quedo con la de anoche: mientras dialogaba con mi amiga, comencé a observar lo que ocurría dentro y fuera de mi: en un momento concreto de la conversación que, por cierto, era muy animada, sentí la necesidad de acabar lo que estaba diciendo y guardar silencio.

Silencio.

Pasó un rato y mi amiga decidió reanudar el diálogo. Y yo, que sentí el impulso de hablar, decidí seguir guardando silencio.

Silencio.

Y, en ese preciso y precioso instante, es cuando me di cuenta que estaba observando mi capacidad de escucha y que ese silencio, que a mi amiga le parecía tan abrumador, se había convertido para mi en un nivel mayor de percepción.

Silencio.

El silencio se había convertido en una elección libre y personal, y no me refiero al silencio como ausencia de palabras, sino al silencio que abraza la quietud interior, al silencio que acalla la mente y me lleva más allá de la propia experiencia.

¿Te has fijado que, en ocasiones concretas, guardamos silencio? Silencio al escuchar una hermosa melodía. Silencio al contemplar un amanecer único. Silencio en el último adiós. Silencio. Silencio. Silencio. Ese silencio, nace de la atención plena (capacidad mental que entrenada conscientemente, mejora, se amplía, se abre).

De la mano de la atención plena, es recomendable que ese silencio lo extendamos a cualquier actividad cotidiana: deporte, comida, trabajo… De manera que el silencio verbal, se expanda a la mente y se abran los sentidos a una nueva forma de percibir, más directa y menos analítica.

Volviendo a la conversación con mi amiga, me di cuenta que la mayoría de las veces, hablar es un compromiso que genera cierta “tensión” y, que en algunos casos, también es fuente de estrés. Observando, descubrí que el silencio me conectaba con un mundo de sonidos que, normalmente, me pasan desapercibidos: el canto de los pájaros, el viento moviendo las hojas de los árboles, el claxon lejano de un coche… hasta pude escuchar el latido de mi corazón, lo que me indicaba que estaba aumentando mi sensibilidad general. También me di cuenta que las emociones más perturbadoras que durante el día me habían acompañado y que habían atrapado mi mente como la rabia o el enfado, ya no me producían tanta inquietud ni ansiedad.

Alguien me dijo alguna vez que “el silencio es una actitud que parte de nuestro cuerpo y se asienta en nuestra mente ayudándonos a liberar estas emociones”. Ahora empiezo a comprender las señales: el silencio es la actitud que se mantiene en la observación y una condición para focalizar la atención. Gracias al silencio, la mente se ancla en el momento presente. Una invitación en toda regla a Vivir cada instante, éste, el continuo presente.

Me gustaría invitarte a que te regales unos momentos de silencio, interiorices la experiencia que te acabo de transmitir y observes si te resulta familiar, si te había pasado desapercibida o si sientes alguna sensación de resistencia y/o rechazo. A continuación, si así lo decides, puedes preguntarte: ¿Qué actitud tengo ante el silencio?

Gracias y feliz silencio.